miércoles, 10 de abril de 2013

Manuel

En la esquina de la calle Princesa con Evaristo San Miguel, desde hace vete tú a saber cuantos años, en la escalinata que da entrada a lo que hasta hace poco fue una sucursal de Halcón Viajes, vive Manuel. Bueno, no sé si se llama Manuel, yo llamo Manuel a todo aquel del que desconozco el nombre desde que me dio por llamar así a éste Manuel, el primero de todos, el auténtico Manuel. Hace ya mucho tiempo. Yo tendría 13 años y casi a diario recorría la calle Princesa desde el Intercambiador de Moncloa hacia donde quiera que fuera. Y Manuel ya estaba ahí, sentado a la puerta de Halcón Viajes, sin viajar a ningún lado, con un carro de supermercado hasta arriba de libros, siempre con uno en la mano, leyendo, solito y callado. Yo le echaba unos cuarenta años; un hombre atractivo con barba negra, perfil quijotesco, mirada tranquila, de tío listo. Imposible no fijarse en él. Yo, que por aquel entonces leía muchísimo porque todavía era tímida y capaz de fijar la atención en algo el tiempo que hiciera falta, había hecho una selección de los libros que me habría gustado regalarle a Manuel, los tenía apartados del resto en mi habitación, pero nunca encontré el momento de llevárselos. Cumplí 17 y me fui de casa, ya no recorría Princesa a diario, ni muchísimo menos, y los libros que le había guardado se mezclaron con el resto. Pero a lo que voy; hace cuatro años me mudé muy cerca de donde vive Manuel. Una tarde pasé frente a su escalera y ahí seguía, doce años más tarde. Tal vez fuera más dispersa pero no había perdido la memoria, sin duda era él, pero sin libros, ya le habría dado tiempo a leerlo absolutamente todo, a vernos pasar a absolutamente todos, a escuchar absolutamente todas las conversaciones ajenas, a pensar en todo y sacar absolutamente todas las conclusiones, hasta llegar a la más importante. Seguía aparentando tener cuarenta años. El país se fue por el sumidero, Halcón Viajes también, y cerró aquella sucursal para mudarse a otro local mucho más pequeño unos metros más abajo. Apuesto, sin miedo a equivocarme, a que despidió a gran parte de la plantilla. Algunos de aquellos tal vez en algún momento se quejaran de la eterna presencia de Manuel a la puerta de su trabajo, otros incluso hicieron bromas a su costa, seguro. Pero Manuel no ha perdido su puesto, ni se ha tenido que mudar a otra escalera porque él no paga con dinero su rincón en el mundo. Lo pagará de algún otro modo más humano, claro, nada es gratis. El mundo por el que nos empeñamos a apostar cierra, se muda, quiebra, nos despide. Y el que postergamos, o directamente ignoramos, siempre va a estar ahí. Manuel lo sabe, estoy segura, porque él ya ha alcanzado la conclusión más importante, que no tengo ni la menor idea de cual es, yo ni siquiera encontré un hueco para dejarle un libro sobre el escalón...

martes, 10 de abril de 2012

un fantasma

No era una hora prudente para tender la ropa, pero era el único momento que me quedó para hacerlo. Cerca de las once de la noche el cielo estaba ya negro, pero el patio interior de la comunidad continuaba iluminado a través de las ventanas de algunos vecinos.
Extiendo la sábana cubriendo parcialmente la ventana del piso de abajo por un instante, y un grito aterrador me deja helada. En seguida un llanto infantil, imagino entonces la sombra siniestra que debió percibir, medio dormido, el chaval y su imaginación de cuatro o cinco años.

¡¡Mamá!!... ¡Mamá! - y la madre no responde. Yo permanezco atenta, asomada a la ventana, por si tengo que explicar lo sucedido.
¡¡Mamá!! Mami, ven - y la madre no responde. Está, porque la escucho trajinar en la cocina, pero no hace caso al niño.
Empiezo a sentirme muy culpable. Sigue llorando, y tengo ganas de llamarle yo a él y decirle que esté tranquilo, que sólo he sido yo tendiendo las sábanas. Pero imagina que, encima de ver un fantasma a través de la ventana, el fantasma va y te llama, justo ahora que tu madre ha decidido no estar de tu lado.

Una breve eternidad más tarde, cuando el autoconsuelo estaba empezando a funcionar, por fin llega la madre para preguntarse por qué seguía despierto, pegar cuatro gritos, pedir que no invente cosas, y que, si le vuelve a pasar, mire a la pared y no a la ventana. Creo que la voz fantasmal del piso de arriba habría resultado más balsámica. Con lo fácil que era asomarse, demostrar que no hay que tener miedo, e inventarse algo sencillo que, en este caso además, no tenía que inventarse.

Vuelvo dentro todavía con cierto malestar, y pienso en cuántas veces me habré asustado por error. Y cuantas veces, aquellos en quienes yo confiaba, me habrán dicho que mire hacia otro lado, siendo tan fácil aclarar las dudas.
Es absurdo, porque todos sabemos que las sombras existen, entendemos qué las provoca y en un momento dado somos capaces de reírnos de nosotros mismos, pero la imaginación es otro cantar que, a menudo, se nos escapa de las manos.

jueves, 16 de febrero de 2012

manuel becerra

Salí a caminar la otra noche, pasadas las once. Llegué hasta Colón esquivando lugares comunes, pensando en lo pequeña que se me estaba quedando la ciudad ahora que sumo tantas calles a evitar, a ser posible. Hacia la izquierda, andé a penas la Castellana para subir enseguida por Ayala. La Castellana me gusta mucho más de bajada, de vuelta a casa, tan vacía de caminantes.
Estaba llegando a Manuel Becerra cuando Madrid empezó a olerme diferente. Un cálido olor a portal y arena, a manta de lana. Yo conocía ese olor, en algún momento había llegado a ser muy mío, pero de aquello hacía tiempo. Me recordé entonces bajando a la calle a esperar a la ruta del cole, que normalmente me esperaba a mí (mi madre siempre me enseñó que la puntualidad es muy importante, pero nunca predicó con el ejemplo). En ese momento paré el paso, cerré los ojos y busqué más detalles en el aire. Una quesera se abrió y las manos de mi abuela cortaron un pedazo de queso que me comí sin placer, pero con ganas. Entonces no me gustaba el queso, pero me encantaba aquella quesera y la empuñadura del cuchillo, con las iniciales de la bisabuela Golobart; me encantaba que debajo de aquella campana de cristal siempre hubiera algo, aunque fuera queso.

Cambié entonces de rumbo, quién sabe, tal vez tuviera suerte otra vez y tres calles más allá me esperara otro viaje en el tiempo. Nada en Fuente del Berro, nada en Hermosilla, Alcalá tampoco ¡y eso que la fui olisqueando hasta Cibeles! Pero en mi juego interno, traté de definir cómo olía Madrid en otras épocas. Los años que sólo venía para lo indispensable, porque ya vivíamos en la sierra, de la mano de mi madre todo olía a crema hidratante y cuero. Cuando me saltaba la última hora de clase, cruzando la autopista de una carrera y cogiendo el bus que me dejaba en Moncloa, para bajar hasta Atocha caminando y llegar a Villalba justo a tiempo de no levantar sospechas, entonces el agua de la fuente de Plaza de España me parecía colonia de baño, imagínate... Cómo disfrutaba aquellas huídas. Lo que nunca ha dejado de flotar en Madrid es el olor de las castañas asadas en invierno, y las madreselvas que acarician en verano por algunas calles a sus paseantes.
Luego volvió a cambiar, y llegó el almizcle, la madera, las notas ahumadas... No debió convencerme demasiado, pero como todo, se me acostumbró el olfato y empecé a prestar más atención a otros sentidos, por suerte menos alegóricos. Aunque con el tiempo todo vuelve y significa. Sólo hace falta cruzar una esquina y toparte con alguien que utilice cierto perfume (ojalá nadie usara perfumes concretos).
¿Quien sabe que nos recordará mañana a lo que somos hoy? Es inútil tratar de adivinar. La distancia es fundamental en la fórmula que define a los recuerdos. Pero dentro de unos años, cuando pase nuevamente por Manuel Becerra, estaré atenta. Sé que no es casualidad. Convergen ahí tantas calles que alguna, inevitablemente, viene a traer el viento preciso para hacer magia.

lunes, 2 de enero de 2012

ni año nuevo, ni ciento volando

Salgo a la calle a primera hora de la mañana, suena el gong, cuenta atrás, ya es el primer lunes del nuevo año. Pero ¿de qué año? Yo ya no sé cuando terminó el anterior. Los últimos tiempos aparecen en mi memoria como una amalgama de días sin principio ni final. ¿Y ésto va a ser ya siempre así?
Definitivamente no hay cuenta atrás, todo sigue hacia delante en una sucesión de días y de noches, y más días, y más noches. Los años no son de distinto color unos de otros, ni huelen diferente, ni la suerte cambia con la numerología, no. Éste damero temporal es en realidad una plancha de hielo uniforme. Una veces patinas a conciencia, otras te deslizas sin querer.

Enero no ha llegado, es sólo una etiqueta más de las que inventa nuestra necesidad de ordenar y poner nombre a todo, pero nada que no esté ya va a llegar. Por favor, mantengamos la calma.
Que nadie se aventure a hacer un recuento de lo sucedido hasta la fecha; absteneos de poner sobre la mesa lo bueno y lo malo, salvo aquel que esté muy seguro de que saldrá bien parado. Y en tal caso, que busque una mesa apartada del resto.
Cada vez que asomo la nariz al recuerdo de todo lo que prometía cambiar cada primero de Enero, pesco un resfriado. Ésta vez no espero nada. Sé lo que me espera.
Me levantaré cada mañana queriendo dormir un poco más, vendré a trabajar queriendo estar en otro lado, pero haré mi trabajo igual. Sé que esperaré una llamada, y cuando la reciba, entonces su voz me sabrá a muy poco y desearé que estuviera aquí, ¿y si llega a venir? Si llega a venir... entonces querré no seguir queriendo, porque, tengo que asumirlo, en eso consiste ser un sólo.

Asumir, esa sí que es una asignatura pendiente. Menos esperar y más asumir, que pasarán más de mil años, muchos más, y de deseos e insatisfacciones a todos se nos llenarán los bolsillos. Pedimos lo imposible sin hacer posible que suceda. Hasta que no seamos conscientes de lo que somos capaces de dar, (y no digo ofrecer, todos ofrecemos infinito) no deberíamos pedir. Corremos el riesgo de recibir.
Propongo un plan: Dedicar esto que llamamos año a averiguar qué pedirnos a nosotros mismos. Que seamos igual de exigentes con nuestras capacidades que con la suerte, y también, por supuesto, nos demos las debidas recompensas. Y es que, no nos engañemos, todos sabemos quienes somos. Tal vez así podamos juntar todas las mesas.

martes, 11 de octubre de 2011

busco ratas

Aún recuerdo con pavor los treinta metros interminables durante los que corrí perseguida por una rata a la puerta de un restaurante (es probable que las dos huyéramos en la misma dirección, ella del raticida y yo de ella). O a aquel gatito que buscaba algún bocado en la basura, detrás de un chiringuito de playa, al que fui a acariciar y a escasos centímetros resultó ser más roedor que felino, e inmediatamente desmerecedor de toda muestra de cariño, por cierto...
Quiero decir con ésto que no siento ningún afecto por las ratas, nunca se lo he tenido, ni yo ni nadie que yo conozca; todas mis experiencias con ratas han sido escalofriantes, terribles. Pero las busco. Hayá donde sea probable encontrar alguna, permanezco atenta. Como cuando tienes una llaga en la boca y no puedes parar de buscarla con la lengua, o como apretarse un moratón.

El día que por fin se cruce una en mi camino en el metro de Madrid, el choque entre asco y felicidad será tremendo. Llevo años fijándome en las vías o mirando a través de las ventanillas, sin resultado alguno. Que haberlas haylas, está claro, no nos cabe ninguna duda, pero son temerosas, o muy educadas.
En mi primer viaje a NY, cuando por primera vez bajé al metro, en el primer lugar donde puse el ojo, una rata del tamaño de mi antebrazo con una cola horriblemente rotunda y larga roía vete a saber qué tan tranquila sin pudor alguno, y me dio envidia, mucha envidia, que allí satisfacer este tipo de curiosidades malsanas sea tan sencillo.

Aquí, en cambio, no hay manera. En Junio de éste año, leí en un boletín de noticias del barrio que la calle San Vicente Ferrer de éste lado de San Bernardo estaba cortada por un hundimiento del firme. Todos los implicados, ayuntamiento, vecinos, propietarios... escurrían y escurren el bulto de la responsabilidad, y ahí sigue el boquete en el suelo, mal tapado por unas tablas ya podridas, y un par de vallas que no impiden el acceso, ni son visibles, ni tienen utilidad alguna. El vecino denunciante, destacaba entre otros peligros y molestias de la situación, que ratas enormes salen por las noches del agujero y campan a sus anchas por ese pedazo de Madrid. Pues bien, por ese pedazo de Madrid y a mis anchas paseo yo con mi perro, que cuatro ojos ven más que dos, todas las noches desde Junio pero ni rastro de ellas.

Y ya verás, que volverá a pasar que una aparezca cuando no esté preparada, porque ésto es como todo lo que atrae y da miedo, que por algo da miedo.
Buscas tú a la rata para que la rata no te encuentre a tí primero, estás alerta, atenta a que en cualquier momento suceda lo que te atemoriza, para controlar el susto, pero en cuanto bajas la guardia... los fantasmas se reflejan en el espejo del baño, los villanos salen de debajo de la cama, los médicos dan diagnósticos preocupantes, llegan los despidos, las separaciones, o las uniones con mal porvenir. Aparece una rata, al fin y al cabo, que corre tras de tí durante treinta interminables metros, y de nada sirve la experiencia acumulada viéndolas venir.

jueves, 11 de agosto de 2011

los monos se enamoran de las mujeres

Los monos se enamoran de las mujeres, dice mi madre, y mi padre confirma con un gesto de cabeza. Les pedí que le contaran ellos la historia del chimpancé que atacó a la trapecista, porque cuando cuento yo éstas cosas, parece que me las invento.
Cierto es que con los años y habiéndolas escuchado de niña, hay detalles que varían. En éste caso, yo recordaba a una bailarina, por ejemplo. Pero en esencia, la historia es la misma y lo más importante, es real.

A saber... Chimpancé conoce a trapecista, se enamora, trapecista no siente lo mismo por el chimpancé, y éste decide esconderse debajo del escenario durante la actuación de ella, esperar a que termine, arrastrarla con él a traición agarrándola por una pierna mientras baja por la escalerita, y asestarle una tremenda dentellada en el pié, como venganza por su desprecio.

Resultaba imposible separar a aquel mono de la chica. El domador, inmóvil, intenta excusarlo, es un animal, actúa por instinto (también es su fuente de ingresos). Ella no entendía nada, supongo, y supongo que el chimpancé lo entendía todo. Como en la vida, cuando a uno le rompen el corazón, es de justicia romper algo al culpable, algo igualmente valioso, como es el pié de una trapecista. Ella no pudo volver a trabajar nunca más, no sobre un trapecio al menos, y el mono... ya sabes, es un animal, imprevisible, hay que entenderlo.

Si nos examinamos la piel, encontraremos más de una marca de dientes, ésta me la dejó el primer beso, la primera vez, aquella ¿la ves? pues es del último chico que me hizo creer en vano. Y si cojeo de un pié, bueno... algunos lo llaman "el amor de mi vida". Desde entonces ya no hago piruetas, ni me atrevo con el más difícil todavía.

sábado, 21 de mayo de 2011

una mierda segura

Hace tiempo un amigo me contó una historia. Él tendría diecisiete o dieciocho años, estudiaba formación profesional, y estaba en una cafetería bebiendo unas cervezas con amigos cuando entró un viejo dibujante al que él admiraba. Después de un rato, se decidió y fue hasta la barra a saludarle. El hombre se sorpredió gratificado porque le hubiera reconocido y se interesó por mi amigo. "Así que tú también dibujas ¡qué bien! ¿Piensas dedicarte a ello?", "Ojalá... pero estudio para delineante" "¿Y te gusta? no pareces muy convencido" "NO, la verdad. Es una mierda, pero es algo seguro"... El señor volvió a dirigir su mirada al vaso de vermouth y le replicó "Bueno, si tú crees que haces bien asegurándote la mierda...".

He pensado mucho en esa historia éstos días, en aquella respuesta brillante. En la necesidad de contar con algo que nos proporcione tranquilidad y rutina, aunque esa tranquilidad no nos satisfaga. A veces es difícil distinguir que cierta realidad no nos es grata, porque nos sustenta, o porque lo contrario nos exige demasiado, pero cuando lo sabemos, cuando lo tenemos claro ¿por qué cuesta tanto renunciar a ello?. Éstos son días de cambio, revolucionarios, en la política, en la sociedad, para cada uno de nosotros, para mí personalmente desde luego. Es momento de pensar en todo lo que no está bien y yo puedo cambiar, pero también en sus consecuencias. No debería ser tan caro el precio a pagar por ejercer la libertad de decisión. No debería dar tanto miedo la dignidad, perseguir un sueño... ni deberían pender del hilo del aguante y la sumisión el hogar o el pan de cada día.
Sé que la vida es más ancha que larga, y que a veces el sol pega de frente y creemos que tal vez cuando caiga, ésto haya crecido algunos metros más allá, mientras no podíamos abrir los ojos. Pero no, nada cambiará por arte de magia, no hay un viejo gordo repartiendo regalos mientras dormimos. Sospecho que no a todos nos han enseñado del mismo modo, y que algunos guardan el egoísmo bien a mano, para jugar con él en los bolsillos mientras aguardan al metro, su vez en la carnicería... y van dejando las huellas de sus dedos sucios por doquier. Poco a poco voy aprendiendo a dstinguirlas, alguna se me escapa, pero voy afinando el olfato.

No debería dar tanto miedo decir Adiós, mi tiempo aquí ha terminado. Sería estupendo pensar que empezar de nuevo es sólo eso, un comienzo, que el final era lo que vivíamos antes de dar el paso, y que la sociedad nos pusiera las cosas fáciles. No debería dar miedo, pero lo da, porque hemos aceptado el dinero como moneda de cambio a nuestro esfuerzo, a nuestra abrigo, nuestro alimento, incluso para nuestro hogar. Hemos confiado en el dinero más que en nosotros mismos. Y aún creémos que vale más el cuánto que el cómo. Y el futuro lo medimos en ahorros, no en años ni en meses. Una casa tiene más letras que habitaciones, incluso somos padres cuando los ingresos nos lo permiten, muy por encima del amor o la juventud que podamos ofrecer a nuestros hijos.
Aceptamos el juego, de ésto hacen ya muchos siglos, y desde aquel momento nos han ido borrando la memoria, y endeudando los bolsillos. Uno nunca será lo que desea ser, sino lo que el mercado le permita. Pues bien, a día de hoy no tengo hijos, pero espero tenerlos, y de mí dependerán su memoria y su valor. Si queremos que el levantamiento del pueblo que estamos viviendo tenga consecuencias positivas, debemos esperar un largo plazo, y si el asentamiento en Sol sirve para algo es para que esos niños de hoy lo vean, y sientan que su decisión es importante, que la política existe, y les enseñemos a ser libres y ser honestos, que odien el miedo. Que tal vez la vida no es muy larga, pero nuestra vista abarca más de lo que pensamos y la única revolución es impedir que les pongan una venda en los ojos como la que arrastramos tantas generaciones. Para que no antepongan cualquier mierda segura a su felicidad.

viernes, 18 de marzo de 2011

no te echo de menos

Echar de menos es una expresión confusa, literalmente no tiene sentido. Echar se define como Hacer que algo vaya a parar a alguna parte, dándole impulso, o como Despedir de sí algo, entre otras cuarenta y ocho acepciones similares. Todo lo contrario al significado de la expresión, pero nadie se lo plantea. Se echa de menos con una facilidad pasmosa, ¿Cómo puedo yo echar de menos? ¿Cómo puedo despedirte de mí de menos, y padecer tu ausencia? Imposible, no puedo.
Echar de menos es un portuguesismo, viene de achar menos. Achar significa descubrir, encontrar, decidir... me cuadra más así, pero no del todo, lo siento, yo no he descubierto nada, sabía que sentiría ésto. Tampoco te extraño, no me resultas desconocido, ni deseo desterrarte. Así pues ¿qué puedo decir? ésta lengua nuestra no me lo pone nada fácil. Llevo años en conflicto con las formas de la nostalgia. Y me gusta ser precisa.

jueves, 24 de febrero de 2011

nos hemos vuelto a equivocar, otra vez...

El termómetro de la farmacia marcaba a mediodía 18º, a mí me parecían más, desabrigada, con el sol de frente y el aire oliendo a primavera, mi sensación térmica era, al menos, de 21º. Dentro de mi casa, en cambio, me tuve que poner una chaqueta.
No aprendo, siempre me instalo en pisos antiguos, sin calefacción, donde hace un frío antiguo que provoca gripes de las de antes, de cuando la gente moría de eso. Y cada invierno rozo la pulmonía.
Son esos errores de cálculo que se repiten. Una se muda con el buen tiempo, cuando prima lo estético sobre lo práctico. Bonitas puertas, bonito enclave, bonitos techos altos ¡y el descansillo! ¡qué escalera! pero si está alfombrada... ¿Qué dice usted? ¿que el edificio es modernista? ¿Y quien necesita calefacción central en un edificio de 1905? Pues yo, pero de éste detalle me acuerdo tarde. Como siempre, nos hemos vuelto a equivocar, otra vez.
Y lo que antes la juventud disfrazaba de ingenuidad, ahora empieza a delatarse como indudable torpeza. No aprendo.
Éste año llegué a tener 42º de fiebre torpe, y hoy ya llevo dos semanas de pena torpe. De ésto último no tiene la culpa mi impulsividad inmobiliaria, pero esque no es la única materia en la que tropiezo. Y siempre viene a ser lo mismo, el día brilla, la espectativa del cambio hace verlo todo de otro color, te encandilan las molduras de las paredes, o una mirada estable, o el suelo de madera, o una sonrisa amplia, unas manos firmes, la risa fácil, las coincidencias, el tacto... ¡pum! traspiés, ya estoy en el suelo, yo sóla, por dejarme llevar por un corazón pre-ocupado, como siempre. Y entre una y otra torpeza, yo paso frío cuando ahí fuera los termómetros marcan 18º, que parecen incluso más. Nos hemos vuelto a equivocar, otra vez...

martes, 18 de enero de 2011

Obsolescencia la nuestra

Hace algunos días emitieron un documental en la 2 que ha dado mucho que hablar. Al menos en mi entorno, ya sea porque tengo amigos curiosos, conspiracionistas, o que tienen la capacidad de sorprenderse todavía con sospechas comunes cuando estas vienen envasadas en formato oficial, y es una voz extraña, y no la propia, la que lo verbaliza.
Se trata de un pequeño trabajo de no mucha duración llamado Comprar, Tirar, Comprar que analiza la llamada obsolescencia programada de los objetos de consumo.
He tomado muchas cañas al rededor de éste documental, he notado cierta decepción, indignación al respecto. Resulta casi criminal programar un teléfono móvil para que no dure más de x años, obligándote a comprar otro y así continuar con la cadena de producción disparatada que nos empuja a una espiral de renovación constante, pero en cambio somos nosotros mismos los que demandamos innovación, nos peleamos por ser los primeros en pasear la última tecnología, e invertimos en muebles o ropa baratos para poderlos tirar a la basura sin dolor cuando cambien las modas. ¿A caso no nos encanta la dichosa obsolescencia? ¿Tan influenciables somos, en serio?

Pero se nos está yendo de las manos, convertimos en consumibles sujetos a capricho incluso las relaciones personales. Vengo de una familia que me ha devuelto el reflejo de la durabilidad en el tiempo, y me siento a menudo como el escritorio de roble que tengo en casa de mis padres, que lleva tres generaciones con la familia, rodeada de Liatorps, Leksviks o Smadals baratos del Ikea. Escucho con demasiada normalidad argumentos del tipo "nunca me lo planteé como algo serio" o "es una relación puente, perfecto por el momento"... ¿A caso ésto no es programar la durabilidad de algo? No sé si me siento más segura comprando un Mac último modelo, o conociendo a un chico estupendo una tarde en el Retiro. Y nos seguimos sorprendiendo.
Vivimos el comienzo de muchas historias, empezamos nuevas aventuras constantemente, y cada vez nos quedará más lejos aquello de llegar a saber qué se siente compartiendo la vida más allá del prólogo. El auténtico reto. Yo reconozco la casa de mi madre, o la de mis abuelos, con los ojos cerrados, sólo asomando la nariz, porque está impregnada de años, de el aire que hemos respirado ahí dentro desde que nacimos, todas las palabras que hemos cruzado han quedado entre las vetas de la madera y los perfumes de mi abuela, el olor del arroz con habichuelas, está atesorado entre la fibra del sillón donde dormía la siesta cuando salíamos a jugar a la calle. ¿Oleremos nosotros a nuevo cuando ya seamos evidentemente viejos? ¿Y qué aspecto tendrá el maldito Liatorp cuando no nos queden fuerzas para tirarlo, ir hasta La Gavia y cargar solos esa nueva caja infernal en el carrito?

domingo, 5 de diciembre de 2010

Balaguer Losada, Montserrat

Corren rumores sobre una inminente huelga de controladores aéreos, estoy en Barajas, sentada al fondo de la Terminal 1, hace unas dos horas rechacé 400 euros a cambio de quedarme en tierra y volar mañana por sobreventa de billetes. Llevo una hora sin cambiar de postura y se me duerme la pierna derecha, que sostiene a la izquierda hace demasiado tiempo. Espero a que abran por fin la puerta de embarque, el vuelo lleva retraso.
Otra vez el mismo aviso, "Balaguer Losada, Montserrat, preséntese en la puerta de embarque A18", he debido escuchar esta llamada unas quince veces desde que estoy aquí. Miro al rededor, mucha gente y ninguna es Montserrat, nadie parece siquiera planteárselo. La azafata también hace un barrido en busca de alguna señal, se detiene al llegar hasta mi, demasiado rato, me hace dudar, ¿y si soy yo? porque a lo mejor soy yo, no me parece tan disparatado. A ver, soy Montserrat, ¿se me hace extraño? pues no tanto, la verdad. No puedo asegurar que no sea mi nombre. María no me aporta mucha más seguridad. No pondría la mano en el fuego por nada ahora mismo, no sé... Lo que esta claro es que han llamado a Montserrat quince veces durante la última hora, y yo no he ido a personarme, y la siguen llamando. Esa es una prueba bastante feaciente de que puedo ser yo.
Me revuelvo en mi asiento, busco respuestas, no quiero mirar el pasaporte, puede despistarme aún más, es sólo un documento escrito. Hay más, mi abuela se apellida Balaguer. Me estoy impacientando, por favor, que alguien, sea hombre o mujer, se acerque al mostrador ¡ya!.
El cosquilleo molesto de la pierna derecha me distrae un poco, me levanto, fijo un objetivo en esa gran sala casi vacía, que debía estar llena de viajeros, y camino hasta él para estirarme. La maquina expendedora, por ejemplo. Según me acerco pruebo a saludar a mi reflejo a ver que pasa, "Hola, Montserrat, ¿que tal?"... Pues bien, todo en orden, no se me hace raro. Pruebo otra vez, "Qué, María, ¿te vas a NY?"... Sí, sí, también funciona. Me miro fijamente, un tanto agobiada, y entonces veo tras de mi cómo una silla de ruedas empujada por un empleado del aeropuerto se aproxima a la A18. Me giro para distinguir mejor la escena, en la silla una mujer de edad avanzada. Cruzan unas palabras con la azafata y acceden al avión.
No vuelven a llamarme por ningún nombre, pero sólo cuando anuncian el embarque, empezando por los pasajeros con niños menores de 7 anos, clientes preferentes y personas de movilidad reducida, consigo relajarme. Ya esta, no soy Montserrat. O por lo menos, no tiene tanta importancia.

lunes, 4 de octubre de 2010

debo tener alguna puerta por aquí

Estoy tendiendo la ropa en el salón cuando reparo en una puerta junto a la estantería. No me sorprende, no es una puerta nueva, yo sabía que estaba ahí pero por alguna razón, la había olvidado. Así que no es sorpresa si no satisfacción lo que me provoca su existencia. Termino de estirar las últimas dos camisetas en la cuerda y voy a abrirla. Creo que sólo entré ahí el día que el agente de la inmobiliaria me enseñó la casa. No recuerdo bien cómo era, así pues, si bien conocía la puerta, el interior lo he olvidado.
Es precisamente lo que necesito, no me puedo creer que haya obviado una habitación así. Está forrada de madera, insonorizada, tiene baño propio y una terraza amplia. Ya sé lo que voy a poner en cada lugar, va a quedar perfecto, creo que no voy a salir de ahí en mucho tiempo.

Volvemos a los sueños, porque ésto no es real, no del todo. Lo he soñado. Y no es la primera vez. Me aparecen esas habitaciones escondidas, que a veces son plantas enteras olvidadas, de vez en cuando. Me encantaría dar con alguna de éstas despierta. ¿Qué es lo que conozco y he olvidado? Ojalá la experiencia tuviera un picaporte, se pudiera abrir y cerrar para asomar la nariz y tenerlo todo más claro después de un vistazo.
Sea lo que sea, me hace falta. Empiezo a tener el espacio del que dispongo ahora demasiado lleno. Siempre me han gustado las casas depuradas, funcionales, y la mía es siempre lo contrario. Cuando me mudé a ésta, el doble de grande que la anterior, pensé que lo conseguiría, pero de pronto todos mis muebles crecieron, se hicieron el doble de grandes, como los peces koi, y se adaptaron a sus anchas al nuevo espacio. Nacieron nuevos libros dentro de las cajas, bibliografía completas con tapas duras, los zapatos se aparearon y donde había dos ahora tengo tres... Lo mismo sucede con mi cabeza, que voy ordenando ideas y conceptos, tirando un tabique aquí, abriendo una ventana ahí, y van llegando otros nuevos, con su equipaje a cuestas, y lo dejan todo patas arriba. No termino de ubicarlos a tiempo. Al final tengo lo antiguo con lo nuevo compartiendo cama nido, y de lo que estoy segura, como ya hay confianza, en sofás cama repartidos aquí y allá.

Una habitación nueva, una nueva manera de afrontar las cosas. Una manera insonorizada, con terraza para respirar, estirarse, y un cuarto de baño. ¿Donde la tendré guardada? Si llego a encontrarla sé que se me quedará pequeña tarde o temprano, pero... bueno, en ebay se puede vender casi cualquier cosa, así que supongo que tanto cacharro, ésta chatarrería, me puede sacar de un apuro en un momento dado. Ofrezco un trío de botas, y algún consejo basado en la experiencia.

lunes, 20 de septiembre de 2010

bucles infinitos

Algunas mañanas sales de casa con lo puesto, sin el pasaporte porque por el barrio no es necesario, sin cantimplora, ni el cepillo de dientes ni nada más que lo básico, inocentemente preparada para ver una película en el cine y a casa, o tomarte a lo sumo una cerveza donde siempre y sin saber cómo, te ves envuelto por lo que acostumbro a llamar un bucle infinito que empieza un miércoles y termina quiensabecuando. Suelen durar una semana, o cinco días. Lo que resulta infinito es la percepción del tiempo durante el bucle, y sin duda, sus consecuencias. Siempre prometedoras al principio, tristes o desconcertantes al final.
Son bucles con relleno, no es simplemente un me encuentro con Fulano que ha quedado con Mengano y nos juntamos con Zutano bla bla bla... éstos son auténticas napolitanas de crema social y personal, que te comes con la cabeza acartonada, la lengua de trapo, y los oídos zumbando canciones rancias de tres días.
Hace un año y dos meses que tomé una decisión complicada. Aquella vuelta de tuerca me mantuvo en la calle de forma casi constante durante meses, incapaz como me sentía de sostener las paredes de mi casa, una casa más de cualquiera que mía. A la intemperie, tan expuesta a dejarme llevar, entré en un sinfín de bucles infinitos que fueron definiendo mi opinión actual: que cualquiera puedo ser yo, así que me quedo en ésta casa de alguien como si fuera mía, y piso la calle en caso de fuerza mayor.
Cada vez que pongo un pié fuera me tiembla la rodilla. El pasado miércoles me aventuré sin embargo a ir más allá y probé incluso con Manoteras. Sabía que traería consecuencias y en efecto, algo inédito, un choque de bucles. El núcleo de la circunferencia descrita no importa, es lo más tedioso del asunto, ya de por sí cansado. Pero la trayectoria ha sido clara y termina como empezó, conmigo. Quiero decir, que termina por un lado con unas pequeñas ilusiones que empezaban a brotar en cierta jardinera que tengo por cabeza, y por otro con silencio y mirada hacia otro lado donde prometimos que habría cariño para siempre. Yo me quedo con la sensación asfixiante de no encontrar lugar ya en ningún otro, decidida a hacer al menos lugar en mí, para no asfixiar del mismo modo.
Y ahora que estoy sentada en la silla donde paso ocho horas diarias, la misma que me ajustó para cuidar mi espalda aquel que ahora debo anular para reocupar su espacio, pienso que tal vez el "Voy a cuidar de tí toda la vida, estés conmigo o no" se refería más bien a lo que dure éste respaldo en la posición ajustada. O lo que tarde en romper las baquetas regaladas, porque la velocidad a la que yo me desajusto y me rompo en su memoria es trepidante. Y me cuesta creer, mientras atiendo las mismas llamadas de siempre desde hace tres años, todo lo sucedido en los últimos cinco días. Definitivamente he entrado en esa edad en la que atacan los fantasmas, porque sólo conozco a gente asediada por ellos, y cuesta mantener la sonrisa a no ser que sea una risa tonta, pero tonta tonta.

Ésta tarde me hago fuerte en mi sofá, por mucho tiempo. Porque ahora que llega el frío, los bucles son más duros. Cuesta reponerse. Y el último ha alterado a mis fantasmas y me ha dejado sin abrigo.

lunes, 9 de agosto de 2010

tormentas de verano

Por fin llueve, otra vez, con lo cansados que nos tenía la lluvia hace unos meses, ahora se la echaba de menos. Parece una lluvia de tierra, que deja marrones los cristales. Éste olor me provoca una maldita nostalgia. Quiero volver a la sierra cada noche de lluvia.

Llevábamos pocos días viviendo allí, hace ya dieciocho años, cuando nos sorprendió una terrible tormenta de verano a mi madre, a mi hermano y a mí. La casa era grande y estaba aún vacía. Todo retumbaba. El agua contra los cristales, el viento a través de las tejas viejas... los rayos nos dejaban totalmente en blanco cada poco rato. La luz se había ido, y aún no estábamos hechos a aquel espacio, no conocíamos las esquinas, dónde empezaban y acababan las paredes. Yo ni siquiera recordaba a donde iba a dar ninguna puerta. Pero la instalación eléctrica estaba a medias, los enchufes abiertos, y mi madre estaba aterrada porque en algún momento pudiera pasarnos algo. Aprovechábamos los fogonazos para mirar dentro de las habitaciones, a ver cual tenía menos enchufes, y en aquella nos quedamos, sentados en el suelo, los tres. Pasé miedo, y aún así cambiaría ésta llovizna, ésta casa tranquila, por estar en aquella habitación con ellos.

Instantes a los que volvería. Momentos nada idílicos que hoy me parecen paraísos, perdidos o pasados. Sí, sin duda me merezco el título de Técnico Especialista en Echar de Menos.

Como aquella noche en vela inflando globos, cuarenta y tres globos. Poniendo cara a cada uno de ellos. Imaginando mientras tanto la que pondría él cuando lo viera. Y no la puso, los viajes largos cansan mucho, pero no importa, yo nunca olvidaré mi noche, la anterior, la que logré recordar cuarenta y tres animales sin repetir ninguno (también colé alguna flor), y me quedé sin aire por querer tanto. Y volvería sólo por recuperar la ilusión que sentía, con lo que me cuesta ahora ilusionarme por nada, como volvería a la tormenta, por creer otra vez que mi madre es capaz de salvarnos a todos.

Otra, la primera noche que pasé en el último piso de Echegaray 31, me habían dado las llaves esa mañana, la primera madriguera para mí sola en ésta ciudad. Me tiré en el suelo de madera vieja del altillo, todo me daba vueltas, tal vez había bebido demasiado para celebrarlo. Tenía la sensación de que me recorrían el cuerpo miles de termitas y pequeños bichos que habitaban esas tablas podridas que yo acababa de alquilar. Pero me daba igual, ahora compartíamos piso, mejor llevarse bien. Y me amaneció mirando a través de la ventana del techo cómo cruzaban los gatos por encima de mi cabeza. Cuando me levanté tenía la espalda partida en dos, dolor de cabeza, sueño, picaduras pequeñitas por las piernas, y veinte llamadas perdidas de mi madre porque no había ido a dormir a la que aún era mi casa. Pero volvería por sentir una vez más que había conseguido lo que quería. Aquella noche empezó lo que vivo ahora.

No sé si gané o perdí, pero ésto es lo que quería, y tendré que defenderlo pese a noches largas como ésta. Haré memoria, porque algo que no recuerdo bien andaba yo buscando cuando me fui de casa. Lo deseaba tanto que me hice mayor, y a mí no me engañan facilmente

martes, 27 de julio de 2010

y ésto no sólo pasa en Argentina

El señor Luis llegó una noche a su casa, en Lanús, año 2002, y la encontró vacía. No de gente, no de vida, literalmente vacía. El corralito había crispado a la misma crispación, y el señor Luís se quedó sin nada, nada en la casa, nada en el banco... de acuerdo, sí, con vida, con su gente. Pero vacío.
De alguna manera consiguió un revólver, con más facilidad que un colchón de muelles usado, todo hay que decirlo. Se sentaba con lo puesto sobre el suelo desnudo, y a la noche salía a buscar ladrones. Alguien que vistiera un cinto, zapatos, no sé, algo suyo. Sin razón ni paciencia, que también cuestan más que un revólver.
En algún momento su señora se dio cuenta, y zanjó la historia, con las palabras justas, supongo, con algún cariño, con miedo, llenando el vacío.

El señor Luís, una vez recuperado, se separó de su señora y se fue con otra, un poco loca, porque "le daba mucha vida". Irónico, le daba la vida que había salvado aquella otra señora tan aburrida. Y la señora aburrida, se quedó entonces vacía. Con muebles, pero sin su vida, y sin su gente.

El Doctor Julio, anestesista, encontró bajo un puente en la muela de un paciente una pastilla de cianuro. Ésta es anterior, entre 1976 y 1980. Por miedo a ser capturado por los militares, éste señor procuraba tener la muerte a mano, al alcance de la lengua, casi.
Si empezaba a notar sabor amargo, la cambiaba de muela, digo yo, no lo sé... Sé que es cierto, y sé que a la hora de morir, o matar, nos sobra ingenio.

Yo no tengo ningún puente en ninguna muela, y me da más miedo enfrentarme al dentista que a una pastilla de cianuro. Pero también me da más miedo olvidar, o volverme a equivocar, que la maldita pastilla de cianuro. Para ser felices sí que nos faltan recursos.


lunes, 26 de julio de 2010

hablábamos de sueños

Hablábamos de sueños recurrentes la otra tarde, en una terraza del centro de Madrid.
Diana puede respirar bajo el agua, pero desconfía de su capacidad, aunque no se pone muy nerviosa. Cuando vuela, vuela rápido. Ariadna y yo no, nosotras volamos torpes, a ras de suelo, dando brazadas como si nadáramos en el aire. Ariadna, además, visita a menudo las casas en las que ha vivido. Hace tanto que a mí no me pasa...
Supongo que en los últimos años, desde que decidí vivir por mi cuenta, demasiado joven y sin reflexionar, me he mudado tantas veces que no he terminado de sentirme en casa, nada que recordar. Los lugares de la infancia, bien lo sabe mi inconsciente, mejor no tocarlos a la ligera, nostalgitis aguda.
Mis pasos cuando estoy despierta, sin embargo, me llevan a menudo a la puerta de una casa a la que he entrado a menudo pensando que era para toda la vida, y de la que otras tantas veces he salido para siempre.
Si Madrid tuviera desagüe, la fuerza de Coriolis me arrastraría irremediablemente al portal número 12 de la pequeña calle en cuesta.

Solía soñar hace años que me perdía en las ferias por la noche, que me quedaba sola flotando en mar abierto; soñaba historias que continuaban en el sueño siguiente, o meses más tarde; y soñaba que me casaba vestida de comunión con hombres que me presentaban ese mismo día.
Soñaba a menudo, ahora ya no sueño tanto, o no me acuerdo.
Pero me sigo perdiendo por las noches, y con facilidad me quedo sola. Conozco hombres con los que querría casarme, aunque la historia no continúe ni al día siguiente, ni meses más tarde.
Creo que ya no sueño porque estoy despierta. Es una pena que los buenos somníferos sólo los vendan con receta.

viernes, 25 de junio de 2010

soy merienda

"Meriendo algunas tardes" decía Ángel González, en un juego de palabras de esos que me fascinan.

Ayer era la tarde la que me merendaba a mí, con sus horas incisivas echadas con desgana en éste lugar que tanto tiempo me roba a cambio de moneda legal, como cuando el ratón Perez te dejaba mil pelas debajo de la almohada y huía con tus dientes, dejándote desprovista de dentellada, con una tonta sonrisa mellada, y un papel firmado por el Banco Español de Crédito. Bendita naturaleza que nos devuelve otro juego de armas blancas más afiladas...
A la espera de nuevo armamento permanezco fiel a ésta rutina, que trato, no obstante, de aliñar con pequeñas aventuras diarias, malacostumbrada como estoy a permanecer en constante movimiento.
Bastante mordisqueada ya, bajaba la calle San Bernardo. Un calor de justicia, cierta desgana y mis cálculos monetarios (mil pelas entonces eran una fortuna que bien merecía una muela, pero los tiempos cambian) a punto estuvieron de hacerme rendir ante el bocado final de la tarde.

Pasan las horas en el garito, ya no quedan limones que cortar, no tengo más sed aunque sea gratis saciarla, y si paso una vez más la balleta convierto el mármol en piedra pómez. Tampoco me siento, cuando eres camarero te posee un buñuelesco ángel exterminador que te impide cruzar la barra para ocupar un taburete. Ya pueden temblarte las rodillas.

...Soy merienda, soy merienda, soy merienda...

Un puñado de relámpagos nos hace temer lo peor, llueve otra vez ¡otra vez! ¡que clima tan loco! pero al menos nos propicia un tema fácil de conversación "¿Os hace si charlamos del cambio climático?" "Venga, vale, total... ahora sí que no va a venir nadie". Ya siento como rebañan mis huesos y cabeceo de sueño. Pero ¿qué hay más imprevisible que la gente? Una y media de la madrugada y entran, empapados y felices, al menos treinta personas de golpe. Que ya fueron sesenta, que a las dos noventa, y pierdo la cuenta. Devolvedme los bocados, que me he salido con la mía.

Siempre alguna cara conocida de ésta u otra vida. Algunos que se alegran tanto de verte pero por la mañana en la cola de la frutería no sabrían decirte de que te conocen. Otros, en cambio, recuerdan incluso donde se quedó la conversación la última noche, y la continúan en un salto temporal casi insalvable. Desde mi posición soy yo la que cena las noches de los otros. Sin duda, alimenta estar atenta; hay parejas edulcoradas, grupos de amigos con tónica y limón, chicas agitadas, caballeros revueltos, señores añejos o señoronas amargas, más que el ginger ale.
Anoche, me divertía pensando que igual que los dueños se parecen a sus mascotas, también nos parecemos a nuestras copas, y buscaba éstas similitudes entre una multitud divertida.
La dieta de Malasaña no es muy equilibrada, pero enriquece, y se cuece.

lunes, 31 de mayo de 2010

inercia

Que ya no pende de mi mano lo que antes sostuve,
Ya lo sé, me he dado cuenta.
Pero, disculpa si hoy toco tu hombro de vuelta,
Es sólo inercia de lo que tuve.

lunes, 17 de mayo de 2010

como perros

En el parque para perros de Suchil hay una hembra de Alaskan Malamute blanca, totalmente blanca, y vieja, tiene 16 años ya. Me quedo mirándola porque es realmente guapa; su dueña, orgullosa, viene y se sienta a mi lado. "Está ya muy mayor, pero la cara la sigue teniendo preciosa, esque el que tuvo..." La miro, y la sonrío. No me gustan mucho las comidillas del parque de los perros, ni las charlas en torno a perros, rodeada de perros, procurando no perder de vista a mi perro. "Pues ha hecho películas y todo. ¡Trabajó con Concha Velasco! mi hija te lo puede contar". No hace falta ninguna hija, sé que me lo va a contar ella en 3, 2, 1... "Iban a buscarla a casa en coche, toda estirada que viajaba la tía. A las maquilladoras las tenía enamoradas ¡qué pelo! me decían. ¿Te acuerdas del perro del anuncio de la Caja de Ahorros? sí, mujer, hará diez años lo más. Era ella". Ella parece tranquila, está tumbada en el suelo a la sombra, más cómoda, seguro, que en el asiento trasero de cualquier coche. A mí las historias de cámaras y acción no me sorprenden especialmente.

Poco a poco al parque van llegando otros perros. Pato les saluda a todos, es muy sociable y alegre. A veces me sorprendo sintiendo algo muy parecido al orgullo materno cada vez que alguien le halaga, o le llama valiente. Se lleva especialmente bien con los Bulldogs, es curioso. Y ahí que llega uno, viejo amigo ya de mi pequeño socio, y se empiezan a perseguir con camaradería. En una de sus carreras, sin querer, el Bulldog cae sobre el lomo de la vieja Alaskan Malamute, que se levanta indignada y se lanza sobre él con todo su mal genio. A duras penas pueden la dueña y su hija contenerla.
"Esa perra siempre da problemas" me dice la dueña de una Pastora Alemana que está sentada a mi lado. "Ella tiene que controlarlo todo, es increíble. ¿Te han contado que hizo una película con Concha Velasco? La tratan como si fuera menos perro que los demás".

En seguida recuerdo una historia que siempre cuentan mi madre y mi abuela. Ellas tenían siete perros en su casa y en una ocasión, mi abuelo llevó a uno a Roma, para rodar con él una película. Durante un mes el perro vivía en el hotel, comía en los restaurantes, y le trataban, en fin, de forma especial. Así fue que cuando volvió a casa con sus compañeros se negó a mezclarse otra vez con ellos. Cogió sitio sobre una mesa de piedra y de ahí no le bajaba nadie. Le costaron caros los humos, ya que en un despiste, cabreada y confusa, la perra grande lo mató. Ley de la Selva.

Últimamente he tenido conversaciones sobre la manera en la que influye en las personas vivir una gira larga, formar parte de una banda importante, ser célebre, etc. Yo, desde mi lugar de testigo privilegiado de todo eso, trataba de explicar que se pierde cierta normalidad, al regreso cuesta adaptarse, de pronto nada está a tu gusto del todo, ni siquiera tu pareja, ni siquiera tus amigos... trataba de contar que yo misma sentí muchas veces como me desdibujaba ante la mirada de quienes debían quererme, vencida por una competencia desleal: las luces, los halagos, el deseo. Creo que no supe expresarme, ni siquiera ahora con el tiempo y la revisión del discurso que permite el lenguaje escrito consigo precisar lo que pienso.

Como una parábola, la historia de éstos dos perros ilustra lo que opino. Me levanto del banco, voy a buscar a Pato, abatido y triste por su amigo, le doy a la gran estrella del cine una palmada en el lomo que le recuerde un poco quién es y salgo del parque pensando que todos deberíamos recordar más a menudo que somos como perros, ni más ni menos.

sábado, 15 de mayo de 2010

He pasado despistada lo últimos días que recuerdo con cierta continuidad cronológica, y en mi desorientación total he perdido anotaciones y señales que marqué en algún lugar para no olvidar... ciertas obligaciones.

He doblado esquinas insignificantes, como el quicio de la puerta o he hecho giros mínimos, como darme la vuelta en la bañera para coger el champú, y en todas éstas maniobras he confundido el camino de vuelta, terminando en el dormitorio de un matrimonio anonadado, o bañándome en la pila de mi vecina Chelo, entre los platos sucios de la noche anterior.

Ahora no tengo claro mi plan inicial, sé que en el último momento me vinieron a buscar, pero no me cuadra la reacción vecinal cuando me vieron llegar, escoltada por los responsables de la seguridad. ¿Será que no me perdí por accidente? ¿Será que no debí acompañar a los agentes?

Sólo puedo afirmar sin titubear que mi cocina, cuando me fui, no era de gas.